Contra todo pronóstico; contra cualquier pensamiento racional luego que el terror de Robespierre degollara no solo a María Antonieta, sino también la obsoleta mentalidad de ancien régime; en Venezuela, como en el resto del planeta, moran, agazapados en las sombras de sus coronas, reinas, condes y marqueses. El interés de saber quiénes son aguija la curiosidad tanto o más como en la Edad Media. He aquí tres personajes dignos de las correrías cortesanas de En busca del tiempo perdido

Claudio Pompilio, con su sangre tiene
Al franquear el umbral de entrada, un saludo con retintín y postín tamborilea en los exiguos y sencillos salones de un apartamento en Montalbán. Da la bienvenida: “Claudio Pompilio Quevedo”. Así se presenta y estrecha manos quien a boca llena se envanece de una genealogía imperial tan vetusta como los jardines del templo de Vesta, en Roma, cuna de su ralea. No posee villas ni castillas. Tampoco doncellas correteando inextricables laberintos, mucho menos una ristra de fámulos o bufones ensayando genuflexiones o, cuando menos, teatrales reverencias, no. En cambio, un lienzo, enmarcado en falso pan de oro, recibe a la visita. El retrato, tipo escuela de Holbein, es de un caballero que, endomingado a guisa renacentista: jubón a cuchilladas, calzas y hasta gorguera, espiga su afectada gallardía. “Soy yo. Lo pintó una artista milanesa que se llama Enigma. Por supuesto que la ropa es un disfraz”, ahora engola la voz como para creerse y orear su perorata. Disfraz o artificio, lo cierto es que Claudio desovilla y quita el polvo a su preparada monserga, cundida de explicaciones históricas, tan farragosas como demodés, cada vez que alguien, sumido en la suspicacia o en la incredulidad, duda de sus blasones. Que sí, que su sangre hace mucho lo enalteció. “Soy príncipe italiano y conde del Sacro Imperio Romano”, hace una tregua con la guillotina y la modestia. Como para escarchar aún más su rancia alcurnia, machaca: “Y también soy barón de Cadeddi y Buccalesi”.
Claudio Emilio jura en sus treces ser miembro de una de las estirpes más linajudas de Génova, pese a que el único papel que lo refrenda, lejos de ser un pergamino firmado por un Papa o un Médici o un Orsini, es un PDF que él mismito, como Chacumbele, pergeñó. Se mató. Asegura, asimismo, que sus genes no solo se intrican con los de un rey que gobernó dominios romanos antes de Cristo, sino que también ostentan ADN de un patricio que se empingorotó en 1790 con la corona codal de Oltrecastelo gracias a los favores del duque de Baviera, Carlos Teodoro de Wittelsbach, quien, paradójicamente, no nació sino en 1839. Verdad o ficción, asido a su locuacidad o estolidez, se enzarza en un delirio purpúreo y afirma que su abuelo el señor Pascuale Da Vicenzo Pompilio, quien se desposó con una distinguida dama siciliana, Grazia Pellegrino, consagró, en los albores del XIX, so pena de perder su legado y aras de perpetuar el apellido, unos particulares protocolos. “Estableció que el elegido debía firmar un legajo en el que se compromete no solo a ser príncipe heredero, sino también a velar y proteger la memoria y archivos familiares. La actual titular es mi tía: la principessa Isabella. Ella, que ya roza los ochenta, me escogió como su sucesor por ser el único que ha defendido nuestros orígenes y porque soy su sobrino preferido”, departe y comparte el futuro real que sueña.
Isabella es la primera hija de siete que alumbró el matrimonio Pompilio-Pellegrino. Cuando apenas las voluptuosidades de su doncellez florecían —en plena Segunda Guerra Mundial— sucumbió a los calores, que no munición —comulgaba con la fe de Mussolini— del amor. Enamoróse, pues, de un oficial nazi. En tanto contoneaba sus encantos en las filas de la juventud fascista, ataviada con la infamia del tan popular uniforme negro, sus sueños de esponsales se hicieron añicos. La conflagración que sumió en luto al mundo entero habíase extinguido en 1945 y con ella se arrebolaron los crespúsculos del idilio bajo la égida del Führer. Como Isabel I de Inglaterra, se convirtió en la reina virgen: no entregó al menos su corazón a ningún otro jayán. “El problema es que no tiene prole. Le sigue en la línea sus hermanos. Pero, ¿por qué soy yo el próximo regente?”, hace una pausa y garrapatea las justificaciones que solo Claudio entiende. “Vicenzo no tiene hijos, lo mismo que Mafalda. María Pía murió cuando era tan solo una niña. Miguel engendró un varón pero se divorció de nosotros. No le interesa cargar las responsabilidades de los títulos. Mi papá, Francesco, procreó 3 hijos. Yo soy el menor y el único varón. Y, Giovanni, el cuarto retoño de mis abuelos, al salir de Italia, se desentendió”. Este último, de acuerdo al digital documento, arribó a Venezuela en la segunda mitad de la centuria pasada. Entre chinchorros y palmeras, descubrió, en el estado Zulia, las alpargatas y el guayuco de quien sería su mujer: una india. “Una princesa wayú”, aclara como si estuviera en el XVI con colonizadores y encomiendas. “Bueno, eso fue lo que él nos contó”, zanja el desaguisado.
Francesco, el progenitor de Claudio, tomó las de Villadiego quizá para zafarse de la pobreza que barría al viejo continente después del 45. Vestido de blanco y azul —era marino mercante— encalló, por azar y envites, en Puerto Cabello, donde supo que un Pompilio hacía mucho que había expugnado la herrumbre de la Capitanía. El 23 de enero de 1958, llegaría a Caracas. El valle ardía entre las fumarolas de pólvora. Tirios y troyanos dirimían la escaramuza que daría luz a la entelequia de la democracia y Marcos Pérez Jiménez, rubicundo y con el rabo entre las piernas, huía en su “vaca sagrada”; eso sí: con las alforjas repletas. “Mi padre confundió la revuelta con una fiesta popular. Al poco tiempo conoció a mi mamá”, suscribe quien en su mocedad aprendió a zurcir falsos y a bordar con canutillos en la Escuela Internacional de la Moda, en Las Mercedes. “Lo mío era la alta costura. Vestidos de novias, entre otros. Ya no coso, pero me no me pierdo una pasarela. Me mantengo al corriente. Ahora trabajo como editor de una revista digital que fundé: Suroeste magazine. Es que siempre quise ser periodista”.
Hoy, pese a que en 1947 la constitución republicana de la tierra de los césares abolió los títulos nobiliarios, pese a que no heredará fortunas —si acaso, un sello y oxidado anillo, insignias de la casta—, pese a que confina sus ambiciones dentro de cuatro paredes en el Oeste de la ciudad, Claudio espera, con la boca hecha agua, los funerales que lo ungirán de hidalguía. La vida, sin embargo, orquestó la perversa jugarreta que lo puso en jaque mate: la soledad. Sin mujer, sin descendencia ni hombre ni perro que le ladre, puede que salte a los anales aristocráticos como el último Pompilio y acaso sea recordado como: Claudio el “Ausente”, Claudio el “Iluso”, Claudio el “Virgen” o Claudio el “Breve”.
Aleksandar Kuzmanov Janković, cuestión de honor
“Dejé mi casa sin nada en los bolsillos. En las manos solo cargaba mi carta de nacimiento, un cuadro de San Miguel arcángel y el pasaporte de las Naciones Unidas que me reconocía como exiliado político”, voltea Aleksandar Janković al pasado que aún le hace guiños. Con las huchas vacías, arrullado por las loas obtenidas y sin más subterfugio que empezar una nueva vida, este aviador de alto rango —la última aeronave que piloteó fue una de caza: el Messerschmitt Bf 109G— abandonó Serbia, su terruño, con un as debajo de la manga. Nadie, ni los enemigos de quienes se escondía ni los detractores que imprecaban sus andanzas espartanas, podía escamoteársela. Una carta que se granjeó a punta de sudor y lealtad y con muchos envidian: la del honor. Virtud que supo acendrar hasta el punto que su majestad, el soberano Pedro II de Yugoslavia, nimbó su nombre de glorias. Hombre rayano en los 90 años, de aquilatada memoria y elegante tesitura, bien puede hacer jactancia: duque es. “En mi país, al título se le dice vojvoda. Lo recibí, junto a otros cinco que ya fallecieron, cuando apenas tenía 21”, desliza a manera de exordio y continúa: “me lo gané por mi desempeño en inteligencia militar durante la Segunda Guerra Mundial. Como duque puedo, incluso actualmente, firmar ascensos castrenses y condecoraciones desde Venezuela. Existe un comando de vojvodas que tiene la facultad de nombrar a otros. Ni siquiera un monarca tiene injerencia. Es como una mesnada, una fraternidad. Entre nosotros nos llamamos hermanos”.
Han discurrido más de cuatro décadas desde que Aleksandar se embarcara, junto a 250 inmigrantes más, en el trasatlántico que, desde el puerto prusiano de Bremerhaven, lo depositaría en el campo de refugiado de El Trompillo. Atrás sepultó los resuellos y oraciones de sus compañeros de sables; los 16 monetarios de Fruška Gora; la nostalgia de Irig —su aldea natal— y las cenizas, escombros y cadáveres que sembraron la desolación y tristeza en los Balcanes luego de que Hitler emponzoñara su ira y sed de exterminio. La película, en sepia, no obstante, se proyecta en su mente cada vez que alguien enciende su facundia. Entonces las imágenes de aquel aciago seis de abril de 1941, día de resurrección, se arremolinan en sus ojos, negros como un par de guijarros, y hacen eclosión como la bomba que detonó el sino y los ayes en Belgrado. “La gente recibía misa en las iglesias. Yo estaba con mi grupo esperando la señal de defensa. Luego del ataque, el general Milan Nedić, a quien presté servicio, formó un gobierno de salvación”, remembra desde su trinchera, quien, desde que cumpliera los 17, se enfiló en las huestes chetniks. “Éramos el real ejército yugoslavo… monárquicos y nacionalistas”, pone los puntos sobre las íes y desde ya esclarece el credo político por el que se prosterna. “Seré chetnik hasta la muerte. Nadie me puede inhabilitar porque rendí juramento a un rey. Estoy a favor de la monarquía y no veo la hora que se entronice de nuevo en Serbia”, clama por un porvenir adornado de cetros, tronos y diademas.
Como si remendara las rajaduras de su propia historia, para ver el manto completo, va entreverando uno a uno sus recuerdos. “El año que me postulé para ingresar en la aviación, se inscribieron más de 4500 candidatos. Solo escogieron 2500 aptos, para luego seleccionar a los 450 definitivos. Yo quede en el rango 24. Los primeros 30 teníamos la prerrogativa de elegir qué hacer dentro del organismo. Es decir, las posiciones: piloto, bombardero, mecánico, electricista, telegrafista o compañero de vuelo. Yo preferí ser piloto de caza”, planea su anecdotario. Después se sucedieron una a una las desgracias y maledicencias que, desde 1939 hasta 1945, hubo de sortear en tiempos de armas. “Estuve preso. Los alemanes me metieron en un campo de concentración. Se llamaba: Crven Krt en Nis, en Serbia. Permanecí seis meses. Me pude escapar con la ayuda de un nazi, el sargento Wagner, que, lejos de apoyar los dislates de sus superiores, salvó a hurtadillas a mucha gente. Cuando los norteamericanos efectuaron la invasión a Normandía y montaron su parapeto de protección, logré que no le dictaran pena de muerte por crímenes de lesa humanidad. Recogí firmas y testimonios que daban cuenta de su ayuda a judíos, entre otros discriminados y víctimas”. Aleksandar de rictus sosegado cubre, con el estoicismo que lo arrebuja, los golpes y violaciones a su talante de soldado. “Durante mi confinamiento sufrí las peores pesadillas. Palizas a la altura de los riñones, perdí la mitad de mis diente por los cachazos y me llevaron al paredón de fusilamiento más de una vez. Me hacían parar con ojos vendados y accionaban las escopetas. Silencio. Solo el accionar de los gatillos. Una agonía. Después me devolvían a mi celda con un montón de papeles en blanco que debía llenar con información de los chetnik. Jamás los delaté”. Prefería la muerte antes de ser un felón… soplón.
Ahora que ya no escuecen las heridas, aunque las cicatrices las llevará a su mortaja —por ejemplo: su hermano menor, en un intento de zafarse de un bando fascista en Bulgaria, se inmoló accionando una granada antes de someterse a la humillación—; ahora que se camufla en la hojarasca del Caribe —vive, junto a su esposa, una criolla de buen ver, en un apartamento en la Av. Victoria— Janković no solo es el vojvoda que cae de hinojos por Venezuela, y moriría por ella, sino también el noble que se escabulló de la muerte: “Salí de Europa usurpando identidades, vagando, escondiéndome, errando, pero sobre todo huyendo”. Y sigue al pie del cañón por lo único que ha luchado: su libertad. “La palabra serbia, en viejo sanscrito, significa hombre libre”. No vacilará, así sea lo último que haga, en cumplir la misión que adoptó en 1942 cuando se guindó su charretera ducal. “¿Qué hace un duque? Trabajar como militar. Estar siempre al servicio de la patria”.
Claudio Nazoa Laprea, el falso barón
El 10 de febrero de 2008 no había forma de desmontar el tinglado. Desacreditar la añagaza suponía arruinar la celebración por la que, ese día, propios y extraños se habían congregado. Los paisanos, provenientes de un pueblito enclavado en la Basilicata italiana, se apeñuscaban en una iglesia en la Av. Presidente Medina no solo para cargar sobre sus hombros a San Biagio, patrón al que elevan sus plegarias atendidas, sino también para conocer al varón a quien, con aquiescencia, debían rendir pleitesía. El alcalde de ese pequeño poblado que se llama Maratea —había viajado a Venezuela exclusivamente para presidir el solemne acto— aguardaba quedito mientras las rimas del himno de la bota mediterránea afinaban la algazara. Entonces llegó el homenajeado. Atravesó con pasos augustos la peregrinación; luciendo esos bigotes respingados cuyas puntas miran hacia el cielo, batiendo esa barriga de dios Baco y exudando la gracia y sencillez que lo dibujan. Así es Claudio Nazoa: demiurgo de la palabra, capaz de transformar lo inverosímil en verosímil y lo irreal en real. La ilusión y la fantasía las empuña como armas de combate. “Mi trabajo es distorsionar la verdad. Esto no quiere decir que estafo a quienes me siguen. Al contrario, me creen todo cuanto digo y escribo, incluso eso que festejé hace tres años”, rumia su ingenio.
En tanto la vocinglería de la procesión rebullía con los clamores de los concurrentes, el alcalde de marras desvelaba al fin su propósito. Hizo entrega pues del humilde pero no menos significativo obsequio. Una placa cuyo mensaje rezaba: “El comité de fiesta de San Biagio (…) entrega el presente reconocimiento a Claudio Nazoa Laprea, barón de Maratea, por su gran amor a nuestra tierra y a su gente”. Yerto como estatua y con los ojos blancos y sin vista, se quedó Claudio luego de recibir el premio de su boutade. A pesar de las ganas tremendas de salir corriendo, agradeció, sin embargo, la ofrenda e hizo el paripé. “¿Y qué iba a hacer…? ¿Decir que no? Seguí mi farsa. Ya estaba montado en ese burro. Cómo iba a decir que era un embuste, no, tenía que seguir pa’ lante…”, enmadeja aún más el fardo. Sí, Claudio Nazoa es, aunque cueste creerlo, por pluma propia, barón. Él solito se pagó y recibió su vuelto. Se auto proclamó aristócrata. “Los humoristas, tal como lo asevera mi amigo Pedro León Zapata, sufrimos de una enfermedad que nos impide ver la realidad tal cuál es. Por lo tanto, en lugar de nacionalizarme italiano —mi mamá es hija de uno— a la manera convencional, traté de divertirme entre la burocracia, los papeles y las colas que soporté desde las cinco de la mañana. ¿Sabes por qué? Intento sacarle provecho a todas las cosas de la vida: desde pedir un pasaporte, ir al médico y hasta responder por un choque. Cualquier circunstancia es para mí una diversión. Primero la creo para mi goce personal y después la regalo o vendo al público que paga para que se la cuente. Por eso me inventé la historia de que mi tatarabuelo se había convertido en barón de Maratea”.
Desde su fragua de ilusión, con todos los adminículos de risa, espontaneidad e inventiva, Claudio forjó una genealogía, genial, cuyas raíces se enredan con la casa ducal de Saboya. Sus abuelos maternos descienden de vasallos napolitanos. Para a conseguir, no obstante, que le dieran la credencial de la comunidad económica europea, hubo de investigar las semillas de sus predecesores. “Eran pobres en sus provincias. Tanto así que mi abuelo llegó a Venezuela a principios del siglo XX en busca de probidades y posibilidades. Se asentó en San Fernando de Apure y allí construyó un imperio con la venta de plumas de garza y pieles de caimán, que exportaba a Londres, Madrid y París. Revisando los papeles —que hice traer de Italia— se me ocurrió escribir la leyenda de mi supuesto ancestro noble. Para darle credibilidad al asunto dije que una filia de un rey de Saboya, que se llamaba Margarita, se había casado con mi tatarabuelo Francisco Laprea. Justifiqué que el monarca, a juzgar por lo menesteroso que era mi antepasado, le otorgó el titulo de Barón de Maratea. Ennobleció la sangre de su nuero”, arregla a destajo el disparate y continúa: “Es consabido que los títulos se pueden heredar, pero aquellos que se olvidan, en primera o segunda generación, alguien los puede reclamar. Yo puse que, buscando los papeles, me di cuenta de que ese título nadie más lo había exigido; por lo tanto yo lo hacía. Inmediatamente todo el mundo creyó mi teatro. Pero cuando te digo todo el mundo es todo el mundo. Incluso: de Italia me llamaron. Me empezaron a llegar cartas y regalos de muchas partes. De alguna forma esa ciudad olvidada, gracias al vértigo del cotarro, al huracán de chismes alrededor de mi cardenalicia existencia, se animó, se despertó. Cuando fui a buscar el pasaporte en el consulado, los agentes me decían: ‘Barone, barone…’. Y yo: ‘qué tal cómo está’. Yo no sé ni papa de italiano. De chiripa hablo castellano y con dificultad…”.
Su ocurrencia, con la fanfarria y bizarría que fecunda, traspasó fronteras. Hasta oídos de una condesa checa, pariente directo de los Saboya, trabó palabras con Daniel —primogénito de Claudio que vive en Francia— en virtud de acercar a las familias; lo mismo que el embajador de Roma en Venezuela, en una exposición de la caricaturista Rayma Suprani, reconoció sus investiduras y heráldicas. Ya no puede detraer lo que muchos creen es fe y mucho menos demoler los castillos imaginarios —aunque reposen en cimientes tan blandas como las plumas de garza. No es primero ni tampoco será el último en realzar sus progenies —verbigracia: en Caracas hay un joven de Puerto Cabello que engatusa a su prójimo diciendo que es barón de las Dos Sicilias. “Gracias a mi creatividad y mi sentido del humor he salido victorioso de situaciones adversas. No soy virgen, por ejemplo, porque con esta cara, este cuerpo y viejo. ¡Imagínate! Mi talento lo uso para todo: es una forma de vivir, de enfrentar la vida, de ir al mercado, de enamorarme… Procuro que aquellos que me rodean se sientan bien. Además, quien no diga mentiritas blancas, que lance la primera piedra”.












