Tras la pista del chavismo pop

Especialistas en diferentes disciplinas de las bellas artes y el entretenimiento masivo intentan encontrar las claves del imaginario estético de un período que ya abarca 12 años de la historia contemporánea venezolana
El modelo era la película alemana Good Bye, Lenin (2003), que registra la persistencia de cierta sorpresiva nostalgia por los símbolos estéticos marcados, con fuego, en la Europa Oriental —sometida bajo el yugo del comunismo ruso durante casi toda la mitad del siglo XX. Sí: la hoz y el martillo también pueden ser iconos pop. ¿Bajo qué valores artísticos y de consumo popular será recordado el ya bastante extenso período de la historia de Venezuela que arranca luego de las elecciones presidenciales de 1998, si es que alguna vez se apaga la llama de la revolución? Un grupo de especialistas consultados coincide, de manera casi unánime, en que la producción cultural del chavismo carece de movimientos estéticos propios o de obras trascendentes o perdurables, lo que constituye una de sus más profundascrisis internas. Cierto “feísmo” parece caracterizar a iconos de estos tiempos como la “bayoneta” gigante de la plaza El Venezolano o la película El Caracazo. En todo caso, mal que bien, la revolución ya tiene un legado simbólico que la hace inolvidable.

Urbanismo
Monumento Bicentenario
“Obelisco-minarete-misil-cohete-catalejo-bayoneta”, intenta llamar a la urbanista Hannia Gómez al monumento conmemorativo del bicentenario del 19 de abril de 1810 en la plaza San Jacinto (El Venezolano) de Caracas. Es de 47 metros de elevación y cuya estampa remite de inmediato a la tres veces más alta Torre Juche de Corea del Norte. Gómez considera particularmente grave la ubicación en que se colocó, pues la mencionada plaza es patrimonio histórico nacional desde 1977. Según Lucas Pou Ruan, el creador del “cohete ideológico” —como le definió Chávez—, sus segmentos negros representan los períodos del colonialismo español y el puntofijismo. “Me da grima sólo pensar que, al ir a la cuadra de Bolívar, tendría que ver ese esperpento”, declaró a El Universal el experto en restauración Graziano Gasparini, Premio Nacional de Arquitectura, quien también arremetió contra los colores chillones utilizados para repintar edificios del casco histórico caraqueño: “El correo de Carmelitas parece una tienda de Disney, y la iglesia de Santa Capilla, una fábrica de tomates”. El erudito en cultura pop y editor de UB, Eric Colón, destaca al Museo Ambiental de la Pira, más conocido como las pirámides mayas o mágicas de la autopista Valle-Coche, una idea de Ana Barreto, hermana del ex alcalde metropolitano Juan Barreto. “Integra todos los elementos icónicos de la gestión de gobierno, es decir, mala planificación urbanística, misterioso proceso de construcción, pava, zamuros y palería como fundamento teológico principal de Estado y, por supuesto, el pésimo gusto. Es una de las obras más extrañas e innecesarias de la ciudad”, asevera Colón. Otro emblema, no se sabe si de ingenio o de caos, es un rascacielos convertido en barrio: la Torre Confinanzas en la avenida Andrés Bello.

Artes plásticas
Entre el grito y el silencio
“El visitante que llegue a Caracas en busca de una nueva estética cobijada por la revolución no encontrará creatividad, sino repetición de otros movimientos anteriores como el muralismo mexicano”, denuncia el especialista en artes plásticas y cine Roldán Esteva-Grillet, quien escoge dos obras como emblemáticas de este período: el cuadro Llaguno Nº 2, del pintor de inspiración cubista y constructivista Ender Cepeda, y la escultura Entre el grito y el silencio, monumento a los caídos del 11 de abril de 2002 en Puente Llaguno. “Cepeda, un artista con una trayectoria propia que por lo menos se mantiene dentro del mercado artístico y hace exposiciones, tomó clichés picassianos para representar una tragedia en la que en el visible victimario es una pantalla de televisión, mientras que Prada, con personajes desnudos al estilo de La piedad de Miguel Ángel, hizo un monumento que en sí no dice nada”. Esteva-Grillet se refiere también a la inundación muralista de artistas como Ernesto León, Régulo Pérez y Luis Chacón. “Son creadores que, en la inmensa mayoría de los casos, nacen del período democrático que comienza en 1958, no del chavismo. Trabajan por encargo, no de manera espontánea y recurren a las mismas caras indígenas y campesinos machete en mano del propagandismo de izquierda de siempre, e incluso a eslóganes como ‘PDVSA es de todos’, como si a la complejidad expresiva y simbólica del Guernica de Picasso hubiera sido necesario ponerle un cartel que dijera ‘Abajo los nazis’”. El crítico cinematográfico y artístico Sergio Monsalve cita como nuevo icono plástico “cutre” a La Súper Heroica, escultura del artista guatireño Julio César Briceño. La pieza está en el Paseo Colón, cerca de donde antes estaba la derribada estatua del descubridor de América. La obra representa a un cacique Guacaipuro suspendido en el aire

Música
“El Libertador”
¿Cómo es la banda sonora de la revolución bolivariana? Un CD de compilación de 12 años del chavismo debería incluir clásicos como la changa: “Diez millones de votos por el buche” —también conocida como “Palo por ese culo”—; la vibrante percusión de “Militantes con Chávez” del grupo Lloviznando Cantos —equivalente sonora de “Matador” de Fabulosos Cadillacs—; “El corrido de la caballería”, pasaje llanero recitado por el propio Chávez; la denuncia metalera del imperialismo “Guaicaipuro Cuauhtémoc” del rockero Paul Gillman; y cualquier tema de los colectivos Dame Pa’ Matala: “El Pacto” o “Son Tizón”. Sin embargo, el gran himno de la revolución llegó de una banda española anarco-socialista de ska que hasta entonces sólo era conocida por sus temas dedicados al equipo de fútbol Rayo Vallecano, primo pobre del Real Madrid. Ska-P, nombre de la agrupación, compuso “El Libertador”, con el coro pro-chavista: “Adelante comandante, ponte al frente con honestidad, comienza a amanecer en Latinoamérica”. “En general, musicalmente hablando, la mayoría de los grupos que simpatizan con el gobierno, muchos de ellos de ska y reggae, son más bien mediocres”, opina un crítico y productor de espectáculos musicales que prefiere mantener su nombre en reserva.

Cine
El Caracazo
“Antes que cualquier película, la Villa del Cine en Guarenas representa las contradicciones y problemas de la política de este gobierno hacia el séptimo arte: una estructura arquitectónica de consumo ineficiente de energía, aislada de su entorno, elaborada por constructores notoriamente vinculados al ministro Farruco Sesto y que produce películas zombies que sobreviven con la respiración artificial de la renta petrolera y mueren en la taquilla”, señala el crítico Sergio Monsalve, que por otra parte considera que las cintas El Caracazo (2005), La clase (2007) y Zamora (2009) son las más paradigmáticas de la administración chavista. “Generalmente forman parte de una campaña electoral y son mandatos directos del Presidente Chávez, e incluso El Caracazo se impulsó desde una cadena presidencial. Todas parten del punto de vista histórico más ingenuo, maniqueo y patatero, con el objetivo de alimentar el culto caudillesco a la personalidad. Nacen del pasado para dar legitimidad a la mitología de los nuevos fundadores de la patria. La clase tiene el añadido de que está basada en una novela escrita por el propio Farruco Sesto. Carecen de contraloría de calidad. Por el otro lado, creo que rescataría a Taita Boves (2010) y Macuro (2008) como los productos más dignos relacionados con la Villa”. Roldán Esteva-Grillet escoge a El Caracazo. “Arranca de la presunción de atribuirle al 27-F una aureola romántica que nunca tuvo y significa una vergüenza para su director Román Chalbaud, porque allí no hay absolutamente nada de su trayectoria anterior”, suscribe el especialista.

Literatura
Don Quijote
La “Misión Dulcinea”, que consistió en la repartición gratuita en 2005 de un millón de ejemplares de una edición especial resumida de Don Quijote, editada por Alfaguara y con prólogo de José Saramago —se eliminó una introducción del acérrimo crítico del chavismo Mario Vargas Llosa que apareció en los textos del resto de los países latinoamericanos—, podría resumir los alcances y fracasos de la política cultural de la revolución con respecto a la palabra. “La literatura sólo existe a partir de que comienza el debate sobre ella. No hay duda de que Monte Ávila Editores y el resto de la Plataforma del Libro han conseguido publicar a un precio extremadamente económico joyas como Blanco nocturno de Ricardo Piglia, pero ha faltado la otra pata de la mesa: la creación de espacios en los medios de comunicación y foros para la discusión de esos libros, donde se acepten visiones no necesariamente identificadas con el Gobierno”, admite un funcionario vinculado a la política oficial de la cultura y la comunicación. “La principal política editorial de este gobierno ha sido la ruptura del vínculo entre el escritor y el lector”, sentencia, mucho más contundente, un crítico literario situado en el otro extremo del espectro político, que admite su desconocimiento casi total acerca de los textos que se venden en la cadena Librerías del Sur. Cuesta encontrar una obra publicada en Venezuela a partir de 1999 que sirva de referencia literaria para los partidarios de Hugo Chávez. Podría ser Fatigas y fulgores, la antología poética de Farruco Sesto, o Los niños del infortunio, de Tarek William Saab.

Televisión
La Hojilla
“Ha hecho del escarnio un género televisivo”, definió a La Hojilla el articulista Tulio Hernández al programa ya devenido rito de expurgación de las 11:00 de la noche en la pantalla de Venezolana de Televisión —que recientemente protagonizó una escaramuza judicial emprendida en su contra por el presidente y editor del diario El Nacional, Miguel Henrique Otero. Luego del Gloria al bravo pueblo, ya adentrada la medianoche, La Hojilla suele alcanzar sus cúspides sulfúricas, sin barrera de contención alguna. Sin embargo, negar su potencial para convertirse en futuro objeto de colección pop sería insensato. La Hojilla es también un espacio en el que la revolución revisa y denuncia sus propias contradicciones, entre sobada y sobada de la barba blanca de esa especie de Papá Noel de cargas eléctricas invertidas llamado Mario Silva, modelo de las mil y un cachuchas y difusor de la World Music de la lucha de clases. Eric Colón agrega a La Hojilla toda la programación del canal TVES: “Un gran monumento a la nada, incómoda, escandalosa y monstruosa también para el gobierno, que nos retrocedió 40 años en términos de entretenimiento luego de sustituir al canal más antiguo del país”.

Artes escénicas
Joaquina Sánchez
En la prisa del torrente revolucionario, la política cultural del Estado ha dado prioridad a las disciplinas masivas y como una de las principales damnificadas quedaron las artes escénicas. Apenas recientemente, en el remodelado Teatro Nacional del casco histórico, el régimen emprendió el intento de establecer una cartelera teatral en firme con el estreno de Joaquina Sánchez, obra histórica inspirada en la vida de la esposa del prócer pre-independentista José María España, escrita por César Rengifo y dirigida por Ibrahim Guerra. Aunque no han sido piezas montadas bajo el paraguas oficialista, el crítico Carlos Paolillo destaca un puñado de obras que han representado la pugnacidad, el debate político y la preocupación por la pérdida de libertades públicas que han signado a la Venezuela posterior a 1999: la sátira La reconstituyente (1999), El eco de los ciruelos (2008) y Actos indecentes (2010), así como las más recientes Petroleros suicidas y Camisas voladoras, de Ibsen Martínez y Javier Vidal, en ese orden.

Gadgets y cultura pop
Chavecito
Un muñeco estilo G.I. Joe de fabricación china y 51 centímetros de estatura lanzado para la Navidad de 2005, que funcionaba con pilas doble AA para emitir un mensaje igualitario grabado y que seguramente cortejó a Barbie durante las madrugadas de los almacenes jugueteros, forma parte de los iconos fundamentales del imaginario pop y hi-tech chavista, junto al teléfono inteligente Vergatario ZTE 366, la minilaptop Canaima y el satélite Simón Bolívar. Eric Colón cita otros artículos de consumo masivo e intervenciones tecnológicas. “Cualquier retrato de Lina Ron, más importante que ninguna otra figura con excepción del propio Chávez. El chaleco de funcionario, con su respectiva gorra: en clásico rojo o color kaki, esta prenda de vestir ha sido el ícono de los atropellos y los abusos del poder. Es el atavío predilecto, no del que se identifica con el gobierno, sino del que trabaja para el Estado. Por alguna razón, es también la prenda más popular entre gestores y ‘guiseros’ de oficio. La estética de las vallas de ‘Paga tus impuestos del Seniat’. Los más de 20 ministerios nuevos creados con el objetivo de desmejorar, destruir, desvincular, desinstalar, desmantelar y desfalcar las arcas del Banco Central. Y ‘La trocha’ de la autopista Caracas-La Guaira, por simbolizar cierta filosofía de tomar atajos y escoger la vía rápida. Además es la obra cumbre de uno de los grandes motores de la revolución: la contingencia”.

Por Alexis Correia

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