Cecilia Martínez, a 60 años de la llegada de la televisión en Venezuela

Imposible no saber quién es. Su nombre se escarchó con las estrellas del éxito desde su temprana y timorata niñez. Perteneciente a las familias más encumbradas de Caracas, pizpireta y con salero, aun con 99 años, esta dama guarda pero comparte todo lo que atesora en su lustroso cofre de la memoria. Cecilia Martínez es, sin duda, una leyenda viva. Ícono de masas, figura por siempre de la radio y de la televisión.

Milagros Socorro

Al mirar los ojos de Cecilia Martínez nos ponemos a un grado de separación de José Gregorio Hernández. Si procuramos el silencio y le pedimos que evoque al médico trujillano, su voz, la gestualidad provocada por su apasionado temperamento, su forma de tratar a los pacientes, ella deja vagar su mirada y al rato empieza a describirlo. Entonces, José Gregorio Hernández, está vivo en su memoria.

“Era un hombrecito pequeño, de voz suave y agradable. En esa época, los niños se asustaban con el médico, pero eso no ocurría con el doctor Hernández, que venía con un sombrerito negro y su corbatica, me decía: ‘vamos a ver, Cecilia abre la boca a ver qué hay en esa garganta’. Un día amanecí con un tremendo dolor de garganta, mi papá lo llamó antes de irse a su trabajo. Llegó. Me parece que lo veo entrar… me vio la garganta y me dijo: ‘ya vengo’. Echó a correr por la galería. Al rato regresó con una inyectadora enorme. ‘Esto no te va a doler’, me dijo ‘voltéate’. Me pinchó y, verdaderamente, no sentí nada. Tenía difteria, que entonces era una enfermedad mortal. El doctor José Gregorio Hernández volvió en la noche, me vio y luego fue a conversar con mi papá, con quien solía compartir un brandy. Su presencia era habitual en casa, adonde venía cada vez que nos daba catarro. Murió en 1919, cuando yo tenía 5 años. Nunca desarrollé una religiosidad especial con respecto a él. Pero siempre le he atribuido parte del mérito por mi larga vida y la salud que me ha acompañado. Quién sabe si, a pesar de mi descreimiento, soy un milagro andante del médico de cabecera de mi infancia…”.

Nacida en Caracas, en noviembre de 1913, Cecilia Martínez Mendoza tiene en su memoria el perfume y la tibieza de Carlos Gardel, a cuyo pecho se apretó para bailar un tango en la Capital, a escasas horas de la muerte del zorzal criollo en Medellín. Tataranieta de un Presidente de la República, Cristóbal Mendoza, y prima de Armando Reverón, una de las cimas de las artes plásticas en Venezuela, así como del genial humorista Leoncio Martínez, Cecilia es guardiana de momentos singulares del devenir de Venezuela —que se extinguirá con ella cuando dejen de tintinear en sus recuerdos. Fue compañera de juegos del niño Rafael Caldera, con quien coincidía en el patio de la casa de su abuela Josefa Aguerrevere de Mendoza, abuela también de Lorenzo Fernández González Mendoza. Fue vecina de pupitre de María Teresa Castillo en el colegio Chávez. Pasó una temporada en la Quinta Anauco —donde el Libertador Simón Bolívar se hospedó en su última estadía en Caracas antes de abandonar el país para siempre— puesto que la casona pertenecía a Enrique Lazo y a su esposa, la tía Lola de Cecilia, pareja que invitó a la familia Martínez Mendoza a quedarse con ellos en los días que siguieron a la muerte de la madre de Cecilia, a causa de una pulmonía. Se codeó con los fundadores de la radio y la televisión en Venezuela —su primer jefe fue Edgar Anzola, gran pionero de las comunicaciones. Y estaba ahí el primer día que se transmitió la primera imagen televisiva en Caracas.

Por estos meses se cumplen 60 años del día en que Pérez Jiménez, en su calidad de dictador, inauguró la Televisora Nacional en la frecuencia radioeléctrica correspondiente a los 76-82 MHz de la banda VHF. Era el año 1952, pero consta en los anales que no habían terminado de cortar la cinta cuando un equipo falló y la pequeña pantalla venezolana quedó ciega hasta el 1 de enero de 1953, que es el año de apertura de Radio Caracas Televisión —RCTV—, donde Cecilia Martínez inició su carrera en el nuevo medio.

Cecilia Martínez es la única sobreviviente de aquel equipo de aficionados que dieron a luz —nunca mejor dicho— la televisión. Nadie era profesional del medio. Algunos venían de la radio, otros del teatro e incluso de las aulas donde se desempeñaban como maestros, pero nadie tenía idea de cómo se hacía televisión. La propia Cecilia era una muchachita de un modesto pasar, aunque perteneciente a varias de las familias más encumbradas de Caracas. Era la hija del cajero principal del ferrocarril La Guaira-Caracas, cargo que el hombre desempeñó por 51 años, y vivían “en una casa humilde”, como ella dice, en la esquina del Truco, número 103, teléfono: 3429. Allí vivió hasta que se casó con Germán Álvarez Lemus; y donde fue reclutada para trabajar en la radio por su primo Eduardo Martínez Plaza, quien andaba buscando una figurante para ubicar ante los ávidos micrófonos de la Broadcasting Caracas, cuya parrilla se nutría exclusivamente de talento en vivo. Cecilia tenía 15 años y un repertorio de adulta: a la hora de su prematura muerte, la madre ya le había dejado un legado fundamental: una recopilación de pasodobles, merengues y coplas españolas que la señora tocaba al piano mientras sus dos hijas mayores —de cuatro hermanos— la acompañaban cantando. Contaba además con una notable veta histriónica. “De pequeña, mi padre me llamaba Margarita Xirgu, la gran actriz española de su época, porque yo siempre estaba actuando”, dice Cecilia.

Con esta dotación, además de la gracia de su estampa y una simpatía que conserva intacta a sus casi 99 años, entró un día a la cabina de radio, cuando tenía 14 años y salió después de cumplidos los 70. Por cierto, no salió de allí para quedarse muda, puesto que después de perder sus espacios de radio y televisión siguió siendo solicitada por los directores de cine.

A esos primeros tiempos en la radio se ha referido Cecilia en numerosas entrevistas. Por eso casi todo el mundo sabe que antes de cumplir 18 años ya era lo que se llama una mujer independiente. Ganaba 60 bolívares. “Una parranda de real”. De su anecdotario hay un episodio especialmente hermoso. Como no había grabaciones, pero sí publicidad, los locutores y artistas de la radio debían presentarse en la emisora cada vez que debía emitirse la cuña de su responsabilidad. Es así como la catira adolescente corría, literalmente, seis veces al día para llegar a tiempo a la Broadcasting Caracas y recitar o cantar su texto, como aquel, que promocionaba un jabón fabricado en Caracas y distribuido con el nombre del empresario-boticario, y que Cecilia Martínez dice que podría haber sido escrito por Andrés Eloy Blanco, quien lo habría enviado desde la cárcel donde purgaban condena política.

El jingle, uno de los primeros de la historia de la publicidad en Venezuela, era cantado por Cecilia y decía así: Suspirando está en el baño, Ana María de la Luz, /Porque ella quiere bañarse con John Laúd / y su madre no concibe que Ana María de la Luz / quiera meterse en el baño con John Loud / mamita, mamita, encárgame un ataúd / si no me dejas bañarme con John Loud.

Cuenta la leyenda que los versos fueron censurados por la moral gomecista, que los encontró atrevidos. Por suerte, han persistido en la mente de Cecilia Martínez, donde resuenan llenos de vida y picardía. El propio señor Laúd compareció un día en la emisora y pidió conocer a “la cantante” que con tanto salero publicitaba su producto. Grande fue la sorpresa del químico cuando vio aparecer a una chiquilla “que ya no tenía lazo en la cabeza porque alguien lo había quitado en la víspera”.

El año que viene, Cecilia, cédula de identidad V-61.818, cumplirá cien años. Ágil, centrada y de buen ánimo, entre las cosas a las que se ha visto obligada a renunciar es al gobierno de una casa. En la actualidad vive en la Residencia Planchart, en Caraballeda, donde los jubilados cuentan con pequeños apartamentos y hermosos balcones orientados hacia un recodo de selva tropical que refresca el entorno. Allí recibe a las antiguos amistades y hace nuevas.

Allí, cerca del mar y rodeada de fotografías que reproducen su fotogénico rostro en distintas décadas, recuerda que la primera radionovela de Venezuela se llamó Santa Teresa, e incluyó a Cecilia como extra. Se enorgullece de haber compartido en ese género con maestras como Carmencita Serrano y Margot Antillano. En 1953 pasa a la TV. Su primer compromiso fue Tribunal juvenil, que no duró mucho. “Trataba de unos jóvenes que venían con un conflicto y yo hacía de jueza. Inmediatamente después, empecé con el programa Nosotras las mujeres, su nombre original —después se llamaría Cosas de mujeres, y Toda una mujer, en Radio Caracas, Venevisión y Venezolana de Televisión, respectivamente—, hasta que la señora Blanca Ibáñez decidió que yo no podía tener más ese espacio en VTV”. A comienzos de los 60, el canal 5 hizo un seriado dramático que llamó Qué tiempos aquellos. Era una trama de época, escrita por José Antonio Calcaño. “De allí saqué ese vestido largo con el que aparezco en la foto, yo misma me lo hice. Pero el caballero que me acompaña no es actor, sino Alfredo Boulton, con quien tuve un breve affaire”.

Por la misma época hizo pareja televisiva con el profesor y publicista maracucho Néstor Luis Negrón, conductor del programa semanal Monte sus cauchos Good Year, que se mantuvo en Radio Caracas Televisión por 12 años. Era allí donde el profesor Negrón decía: “Cecilia, cuánto tiene el pote”, y ella respondía una suma en bolívares. “Yo me vestía como una reina para hacer el programa”, dice. “Era conocida en todo el país, por donde pasaba, la gente me gritaba: ‘Cecilia, cuánto tiene…’”.

Al preguntarle qué le falta por hacer, responde rauda. “Morir. Sé que he de morir pronto. Solo espero que sea una buena muerte, tranquila. Pero no quiero morirme hasta no ver este país andando de otra manera: sin un militar en el poder, haciendo horrores e insultando de manera tan soez. Yo siempre he pensado que a Venezuela no le falta nada. Sé que tenemos problemas, pero no es porque al país le falte algo, sino porque nosotros no hemos sabido qué hacer con todo lo que el país nos ofrece. Pero ahora, ya cerca de mi muerte, es terrible comprobar que a Venezuela no le falta sino que le sobra algo. Esa sombra terrible que se llama Hugo Chávez”.


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